El Bilingüismo

bilingues

Este artículo es uno de esos que te llega por las redes sociales y que no sabes si leer o no. Lo leí .

Tuve la inmensa fortuna de estudiar las Ciencias Naturales en la lengua de Cervantes. A juzgar por los tiempos que corren reconozco que apenas fui consciente de semejante privilegio. Corría otro siglo. Y me recuerdo fascinado niño, con alma adolescente, en aquel viejo laboratorio que olía a naftalina diseccionando truchas y corazones. Lo que ahora vienen siendo trouts and hearts. Recuerdo que la oscuridad del aula la llenaba el chorro de luz que emitía un viejo proyector de diapositivas y el silencio

expectante ante el inconfundible crujido del salto hacia la siguiente imagen. Sobre la pantalla iban desfilando fotos, dibujos y diagramas que en mi mente adolescente quedarían grabados para siempre: paisaje kárstico, lapiaz, torca, dolina, polje… lo que ahora viene siendo geomorphology, esas fueron las primeras semillas de mi pasión por la espeleología y el campo. Recuerdo la ilusión que ponía aquel joven profesor durante sus clases. Solía llenar la pizarra de fantásticos dibujos hechos con la tecnología punta de sus tizas de color, mientras salpimentaba la explicación con anécdotas y chascarrillos. Su ágil sentido del humor, los juegos de palabras, aquellas frases de doble sentido, nos arrancaban sonrisas de lunes y nos llevaban de puntillas al borde de la membrana interna de la mitocondria a la que nos asomábamos con asombro y reverencia. Envolvía la biología y la geología con el rico castellano de los mejores comunicadores. Pero es que, ¡además!, te llamaba por tu nombre, y te dejaba caer, como de refilón, un: “¿Jorge, qué tal estás”, “¿David, cómo lo llevas?”, “¿Laura, sabes que ya han llegado los vencejos?”… “¿le han dado los resultados a tu padre?”, “¿queréis que hagamos un minutito de receso?”. Algunas de esas preguntas daban pie a alentadoras conversaciones sobre el futuro profesional, la reproducción del ornitorrinco o la crisis de los dieciséis. Porque no es fácil saber lo qué te pasa a los dieciséis años, ni siquiera en castellano. Aquel profesor, con la llegada de la primavera, nos llevaba por el jardín para poner nombre a los árboles. ¡Cuánto he podido disfrutar de la literatura distinguiendo, desde niño, fresnos, alisos, acebos, serbales y abedules! (actualmente conocidos como trees); también pusimos nombre a los pájaros: mirlos, lavanderas, papamoscas, carboneros y herrerillos (actualmente… birds). Nunca le agradecí lo suficiente que nos llevara a conocer, comprender y querer, el paisaje de la alcarria conquense (actualmente… la alcarria conquense, cuidando, en su pronunciación, no marcar mucho las erres), que pasáramos horas hablando de la sabiduría de los pastores castellanos, que nos hiciera ver las cañadas reales, recorridas secularmente por ganados trashumantes, como auténticos corredores ecológicos, y que nos explicara el noble oficio del carboneo entonando en clase, con su voz grave de barítono: “Carbooooón, carbón de encina y picón”, que acompañábamos todos con un ligero martilleo de nuestras palmas sobre el pupitre. Y es que Shakespeare nunca supo que en nuestras sierras hubo cañadas y ventisqueros, umbrías y solanas, gabarreros y carboneros.
Ahora, al recorrer los pasillos de los centros mal denominados bilingües, uno puede llegar a sentirse orgulloso del desempeño de nuestros alumnos en la lengua de moda. Pero, a mí por lo menos, me asalta la gran duda: ¿No habremos caído en la trampa de convertir la educación secundaria en algo exclusivamente pragmático? ¿No habremos dejado a nuestros alumnos demasiado lejos de la complicidad que se alcanza con el maestro al comunicarse sin la barrera del idioma? ¿No estaremos ahogando la ilusión y la vocación de muchos jóvenes al maravilloso mundo de la naturaleza y de la ciencia, de la historia y la geografía? Esos jóvenes se acercan a ti y te cuentan, hastiados y aburridos, que lo único que aprenden en las clases de “saiens” es a rellenar huecos vacíos en los exámenes. Mucho me temo que no sea ese el hueco más grande que esté dejando nuestra particular forma de interpretar el bilingüismo en nuestros alumnos. Pero claro, los cervunales, canchales, cárcavas y lapiaces no les van a dar de comer. Y además: ¡Son los padres los que lo piden!

Foto original – Profesor Potachov (Nestor Alonso):  https://www.flickr.com/photos/nestoralonso/

Texto original: https://elprofedenatu.wordpress.com/2016/01/14/el-bilinguismo/

 

 

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